En este post, basado en la colaboración que hice sobre el mismo tema en el periódico El País, te vamos a contar por qué lloran los bebés en muchas ocasiones en los que aparentemente no ha pasado nada para que lo hagan.  Saber estas razones y conocer cómo funciona la disciplina positiva, te va a ayudar a resolver estas situaciones que, a veces, resultan desesperantes.

 

¿Por qué lloran los bebés?

 

Lloran, principalmente, porque no saben hablar. El llanto es su medio de comunicar una necesidad desatendida (el hambre, el sueño, necesidad de afecto y cariño, un pañal sucio, gases o cualquier otra molestia). Me asustaría mucho si un bebé me mirara y me dijera «mira, lo que me pasa es que tengo gases que me están doliendo una barbaridad, ¿podrías ayudarme con unas palmaditas en la espalda, por favor?»

 

¿Cómo podemos calmar su llanto?

 

Atendiéndole e ir descartando. Al principio uno no conoce bien a su bebé y toca ir probando, yo lo llamaba «sota, caballo y rey». Ofrecía alimento, si no tenía hambre inspeccionaba el pañal, si estaba limpio me lo ponía al hombro y le daba palmaditas en la espalda, si no probaba a acunarle por si tenía sueño… es cuestión de ir dando teclas hasta dar con la adecuada. A medida que le vas conociendo tardas menos en acertar.

 

¿Qué puede pasar si les dejamos llorar en exceso?

 

Según la neurociencia, cuando el bebé llora y no se le atiende su cerebro segrega CORTISOL, la hormona del estrés. En grandes cantidades los expertos aseguran que es tóxica y que puede dañar estructuras y sistemas neuronales cruciales del cerebro del bebé que, no lo olvidemos, está en desarrollo. Dejar llorar a un bebé de forma continua y prolongada en el tiempo, es un gran error sabiendo lo que hoy sabemos acerca del cerebro.

Los bebés son seres dependientes, nos necesitan. No pueden pasar 40 semanas en nuestro vientre y pretender que salgan y ya no nos necesiten más. El problema es que se nos ha educado para cubrir sus necesidades fisiológicas básicas, alimento, higiene… pero no las emocionales. Por eso, muchas veces oímos eso de “no le cojas tanto que se acostumbra”, como si acostumbrarnos a recibir afecto fuera algo negativo.

Si no acudimos a su llanto puede llegar a un punto en el que su cerebro interprete que su recurso para sobrevivir no funciona. Y sí, puede que deje de llorar, pero la neurociencia nos dice que a largo plazo trae consecuencias desastrosas a nivel emocional.

 

¿Los niños pequeños saben calmarse solos?

 

No vienen programados para ello. Necesitan a sus adultos de referencia para sobrevivir. Sería antinatural que pudieran calmarse solos. Nuestra función como madres y padres es ofrecerles un entorno seguro en el que crecer, madurar e ir adquiriendo habilidades hasta que puedan volar solos. Está demostrado que un apego seguro repercute positivamente en la salud emocional y mental futura de los niños.

Y, aún volando solos, somos seres sociales e interdependientes, no seríamos nadie sin los demás. Todos, por muy mayores que seamos, necesitamos consuelo alguna vez.

 

Cuando empiezan a saber calmarse solos.

 

Cada niño y persona es un mundo. Yo tengo tres hijos y cada uno está siguiendo un ritmo distinto. Con nuestra primera hija era muy fácil, no tuvo apenas rabietas. El mediano fue nuestro gran reto, eran explosiones emocionales constantes y no sabíamos cómo actuar. Gracias a esa desesperación encontramos la Disciplina Positiva y todas las piezas del puzzle empezaron a encajar.

Entender las necesidades emocionales de nuestros hijos es crucial. Nuestro objetivo no tiene que ser enseñarles a reprimir sus emociones, eso sería contraproducente. Lo que sí debemos hacer es ayudarles a conocerlas y regularlas. Si lo piensas, muchos adultos no saben hacerlo porque nadie les ha entrenado, sin embargo, pretendemos que los niños, cuyo cerebro es inmaduro, lo consigan de forma espontánea.

Tras 3 años de educación positiva en casa, puedo decir que recogemos los frutos. Mi hijo de 5 es capaz de decirme que necesita un tiempo para recomponerse o pedirme un abrazo para calmarse. La mayor, de 7 años, tiene un rincón de la calma donde acude en momentos de tensión para pintar y relajarse. Es en ese momento, en calma, cuando ya podemos buscar soluciones a los diferentes retos del día a día.

Al final, no es solo un aprendizaje para ellos, sino para las madres y los padres también, que muchas veces nos toca cambiar patrones que arrastramos de nuestra infancia y adolescencia. Pero merece mucho la pena el esfuerzo. Ahora bien, hay que rebajar expectativas, los niños están aprendiendo y tenemos que ser conscientes de que los adultos también necesitamos apoyo para calmarnos en momentos determinados.

 

Dejarlos llorar o consolarlos

 

Jamás les he dejado llorar. Me imagino a un adulto que está pasando por un mal momento y me parecería cruel dejarle llorar sin ofrecerle apoyo. Muchas veces no necesitamos consejos, ni que nos solucionen el problema, solo un hombro sobre el que llorar y desahogarnos. Que nos acompañen para poner nuestros sentimientos y pensamientos en orden y encontrarles una lógica.

¿Por qué ignorar entonces el llanto de los niños? Porque sus problemas nos parecen “tonterías”. Pero es que los niños han que tener problemas de niños e ir entrenándose poco a poco para cuando, en su vida adulta, lleguen los problemas grandes.

Atenderles cuando lloran no es lo mismo que rescatar. Rescatar sería, por ejemplo, darles esa chuche, esa pantalla o comprar ese capricho para que dejen de llorar. El objetivo que buscan algunos padres con estas prácticas es cortar la emoción, es decir, anestesiarles emocionalmente porque no les gusta ver a sus hijos sufrir o porque el llanto les resulta molesto. Sin embargo, nuestro objetivo debería ser que obtengan un aprendizaje de esa situación, por ejemplo, ir aprendiendo a tolerar la frustración.

A nuestros hijos nunca les decimos «no llores», «no es para tanto», etc. sino que reaccionamos desde la empatía, como nos gustarían que nos trataran en su lugar. Validamos su emoción, la permitimos y le ponemos nombre. Como dice el doctor Daniel Siegel con respecto a las emociones “nómbrala para domarla”. Además, les ofrecemos herramientas para afrontar esos momentos de dificultad y, gracias a la práctica y a su propia maduración, cada vez superan mejor las dificultades. No te creas que esta forma de actuar nos ha salido de forma natural; hemos tenido que formarnos, aprender, poner en práctica, equivocarnos, etc. Así que no te culpes pero, de la misma forma que pasamos años estudiando y preparándonos para nuestra vida profesional y laboral, creemos que es importante aprender lo necesario para ser padres y madres conscientes a la hora de educar.

En definitiva, por un lado, se trata de una manera de educar basada en preparar a nuestros hijos para la vida y no en preparar la vida para nuestros hijos. Y, a la vez, transmitirles valores y principios como la empatía, la cooperación, el respeto, etc.

Y por otro, es un método que también prepara a los padres a afrontar los retos de la maternidad y paternidad con mayor serenidad y seguridad a la hora de tomar decisiones en la carrera de fondo que supone educar a nuestros hijos.
Todo es empezar para pronto ver resultados.

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