Frustración: un ejemplo práctico.

 

Veamos un ejemplo práctico y muy común en relación a la frustración y cómo podemos gestionarlo.

Nuestro hijo está viendo los dibujos en la tele. Hemos pactado previamente que puede ver dos capítulos, antes de seguir con el resto de tareas. Cuando finalizan, quiere seguir viendo dibujos y empieza la discusión:

  • Tienes que apagar la tele. 
  • ¡Nooooo! Joooo, un ratito más, porfa. 
  • No cariño ya sabes que hemos pactado dos capítulos.
  • Pues me da igual, ¡¡¡yo quiero ver otro más!!! – Se frustra porque no consigue lo que quiere y comienza a gritar y a llorar como alma en pena.

Nosotros estamos agobiados, tenemos muchas cosas que hacer y caemos en la tentación de dejarle un rato más. Nos da mucha pena que se ponga así, pobrecito… 

  • Bueno, puedes ver un capítulo más, pero… que no sirva de precedente.

Él no sabe qué significa “precedente” pero da igual, lo importante era poder seguir viendo los dibus, ¡misión cumplida!

¿Te suena esta situación? Claro, nos suena a casi todos. Porque ver a nuestros hijos “sufrir” nos incomoda, no nos gusta. Pero, ¿es bueno para su educación que actuemos así?

La respuesta es no. 

 

La frustración como reto

 

La frustración es una emoción que los niños tienen que aprender a identificar, para después saber regularla y gestionar esos momentos de dificultad. Tenemos que pensar que solo es importante que vayan aprendiendo a gestionarla cuando son pequeños, sino que lo será aún más cuando sean mayores (especialmente en la adolescencia). La tolerancia a la frustración es algo que debemos entrenar con nuestros hijos y, para ello, solo existe una vía: permitir que se frustren. 

Si les enseñamos a entender sus emociones y, por lo tanto, a regularlas, recogerán los frutos en su vida adulta. Saber postergar las gratificaciones, saber que para poder conseguir algo, quizás deba esperar o incluso renunciar a otras cosas, es fundamental para su correcto desarrollo personal. También es vital para su equilibrio y salud emocional saber controlar sus impulsos, o saber aguantar el dolor (inevitable) sin que se convierta en sufrimiento (evitable); o por ejemplo, también cultivar un valor como lo es la perseverancia a la hora de perseguir nuestros objetivos. El desarrollo de todas estas habilidades también les ayudará en el futuro a prevenir determinadas adicciones, algo que desde luego nos preocupa -y mucho- a los padres.

 

 

 

La tentación

 

Lo difícil de todo esto es no sucumbir a la tentación de la sobreprotección o del rescate para evitar su sufrimiento. Es algo normal, la mayoría de nosotros caemos en ello de una manera u otra, o en mayor o menor medida. Pero merece la pena dedicar nuestro tiempo y nuestro esfuerzo a trabajar y ayudarles a ir tolerando poco a poco la frustración. 

Esta es la alternativa que proponemos a la situación que relatábamos al principio de este artículo. Recordemos que el niño está llorando porque quiere seguir viendo los dibujos animados. Nuestra posición podría ser la siguiente:

  • Vaya, cuanto siento que te sientas así. ¿Apagas la tele tú o la apago yo?

Evidentemente puede que siga llorando, puede que la apague… o que no y entonces, tendrás que apagarla tú. Te tocará ser firme pero cariñoso al mismo tiempo. Consiste en acompañar y demostrar empatía, pero sin ceder a la tentación de sobreproteger para que no “sufra”. En definitiva, intentemos abandonar los sermones y las largas e inertes explicaciones, para limitarte sencillamente a actuar. Sin gritos, sin ironía, sin malos modos, sin reproches y con un lenguaje no verbal que transmita confianza, cariño y comprensión, a la vez que coherencia y firmeza.

 

Necesidades y deseos

 

Debemos aprender a distinguir entre lo que son necesidades (ver un capítulo más de dibujos no lo es) de lo que son simplemente deseos o caprichos. Los primeros los debemos atender siempre; sin embargo, ante los caprichos no deberíamos ceder.

Dar al niño lo que quiere para que no llore, no es atender su necesidad, más bien al contrario. Puede que incluso estemos atendiendo una necesidad propia; la de no sufrir viendo a nuestro hijo pasarlo mal. Quizás en ese momento tenso puede ayudarte pensar que tu objetivo no es evitarle el sofoco, sino guiarle para que aprenda a afrontar las dificultades que seguro se va a encontrar a lo largo de su vida.

Todo esto y mas, lo vemos en nuestros cursos de formación. Lo que aquí explicamos no es una herramienta que deba aplicarse de forma aislada, sino que va dentro de un contexto que es importante tener bien integrado. De otra forma, puede que hoy nos funcione y mañana no. Lo importante es ser consciente de que es fundamental formarnos como padres y tener en cuenta que vamos a necesitar mucha, mucha práctica, así como equivocarnos unas cuantas veces.

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LO QUIERO 
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