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Este gráfico me lo pasó mi amiga Eva y es bastante descriptivo para ver de dónde vienen esos kilos durante el embarazo

Sí, aunque no sea lo más importante, es cierto, cuando una se embaraza uno de los mayores temores que tiene es cómo se va a transformar su cuerpo y, más allá de los 9 meses vista, si quedarán secuelas a largo plazo.  Para empezar, hay que olvidar eso de “Uy que bien, voy a comer como si no hubiera mañana porque, total, voy a engordar igual”.  Pues no hija mía, no, no vas a engordar igual comiendo donuts que comiendo unos cereales integrales.  Además, piensa que una cosa es engordar por el peso del niño, la placenta, la sangre, la retención de líquidos, etc. Y otra, muy distinta, acumular grasaza por los excesos.

En mi caso, lo que más me llamó la atención fue una lorza en particular, que tuvo a bien instalarse en la zona baja de mi espalda, lugar donde jamás había tenído grasa, y oye, que pasaban los meses y que ahí permanecía adherida porque, mira tú por dónde, parece que me ha cogido cariño y no muestra mucho interés en marchar.

Yo lo tuve claro desde el minuto uno: la actitud es lo importante.  No solo tienes un bebé precioso, es que tú eres un pibón y tienes que verte atractiva no, lo siguiente.  Está prohibido dejarse, no arreglarse, no pintarse la raya del ojo o dejar los tacones acumulando telarañas en el armario (adaptado al estilo de cada una, claro está, si no eres de tacones, pues no eres de tacones y punto).  La frase “no tengo tiempo” hay que sustituirla por “porque yo lo valgo”.  Porque puede que haya días que no dormimos, que tenemos el pelo tan grasiento que podríamos freír un huevo con él, pero no, ni se te ocurra tirar la toalla porque, déjame que te diga, eres la única persona que va a estar contigo sí o sí el resto de tu vida.  Algún día estas monadas que tenemos en nuestros brazos volarán del nido, no es por ponerme dramática, pero es así, no te puedes abandonar porque no es justo para ti, ni para los que te quieren, punto y pelota.  Así que hay que cuidarse y ponerse manos a la obra.

Un punto importante a tener en cuenta son los tiempos.  Hay que ser pacientes, una no entra, da a luz y al día siguiente tiene el cuerpo de una top model.  Seamos honestas y realistas.  Muchas veces el fracaso lo provoca nuestra impaciencia porque, claro, no vemos resultados en seguida y nos desanimamos.  Vamos a ver, hemos visto cómo nuestra tripa se daba de si en 9 meses de una manera descomunal; no podemos pretender que todo vuelva a su lugar en cuestión de días.

El deporte hay que dejarlo ahí hasta que haya pasado la cuarentena, mínimo.  Cuidadín con adelantarse porque el suelo pélvico tiene que volver a su lugar y, si no respetamos los tiempos, podríamos acabar sufriendo pérdidas de orina más adelante.  ¿A qué no os apetece acabar comprando TenaLady en el súper? Pues eso.

Ahora os cuento mi experiencia y mi progresión, advierto que ni soy nutricionista, ni médico, ni especialista en la materia, pero sí he pasado por esto y mis resultados han sido incluso mejores de lo que yo esperaba.

Os pongo en situación: mido 1,73 (más o menos) y normalmente peso unos 64 kg.  Cuando me embaracé pesaba 60,5, es decir, estaba por debajo de mi peso.  He de decir que tuve un embarazo poco romántico, lleno de síntomas de todos los tamaños y colores que no me facilitaron hacer “deporte moderado” como recomiendan.  Soñaba con hacer yoga para embarazadas, pasear a diario, etc., y me pasé practicamente 8 meses entre el trabajo y el sofá de mi casa.  El día que fui a dar a luz había alcanzado la friolera de 78 kilazos.

Total de peso ganado durante el embarazo = 17,5 kilos

Antes del embarazo = 60,5 kg

Final del embarazo = 78 kg

Después del parto = 72 kg

2 meses después = 68 kg

4 meses después = 66,5 kg (era verano, dato importante)

7 meses después del parto = 64 kg, es decir, en mi peso.

10 meses después del parto = 63 kg

Ahora bien, siempre he sido muy de cuidarme, intento comer 5 veces al día y sano, además de practicar deporte.  No creo en las dietas milagro, sino en los hábitos.

Dicho lo cual, os cuento un poco la progresión de la pérdida de peso, teniendo en cuenta que soy una persona que tomo una dieta bastante equilibrada.  Primero, con la lactancia, perdía poco a poco pero de forma estable, es decir, siempre que subía a la báscula aquello había bajado, aunque fueran unos gramos y comiendo normal (a mi la lactancia, gracias a Dios, no me dio hambre).  Después de 5 meses de lactancia fui destetando poco a poco antes de incorporarme al trabajo.  Y, tras este periodo, me estanqué en 66 kg y daba igual que comiera menos, de ahí no bajaba.

En este punto os resumo que durante 14 años he sufrido de colón irritable, fui al médico mil veces y no mejoré nada de nada, “aprende a vivír con ello” fue la última frase que recuerdo.  Pues bien, durante el embarazo los problemas desaparecieron.  Después de 9 meses sin dolor, sin sufrir crisis, mis tripas volvieron a las andadas y yo me vine abajo.  No estaba dispuesta a acostumbrarme de nuevo a estar mal, así que decidí acudir a un homeópata que me habían dicho que era buenísimo.  Total, no tenía nada que perder.

Veredicto: tengo intolerancia al trigo y al huevo (lo del huevo es, al parecer, bastante reciente).  Bueno, pues fue suprimir estos alimentos y, no solo se acabaron las crisis y los dolores, es que además empecé a perder peso casi sin darme cuenta, comiendo de todo, menos los susodichos ingredientes, sin pasar nada de hambre.  Al parecer las intolerancias no solo nos pueden provocar problemas de salud, cada cuerpo reacciona de una forma distinta.  El caso es que estos alimentos nos engordan especialmente.

Es verdad que he tenido que aprender a adaptarme a esta dieta pero he mejorado tantísimo que el esfuerzo ha merecido la pena.  Y algo con lo que yo no contaba, como es el peso, encima se ha estabilizado y estoy encantada.  Desde luego, vista mi experiencia, solo puedo recomendar que os hagáis las pruebas de las intolerancias, puede que estéis venga a comer pollo o lechuga y que, al tener intolerancia os esté engordando.  Eso sí, yo en el fondo tengo «suerte» porque no es lo mismo restringir un alimento por adelgazar, donde cuenta muy mucho la fuerza de voluntad, a quitarlo porque realmente os sienta fatal, como es mis caso, en el que yo esos alimentos no los quiero ver ni en pintura.  En cuanto al trigo, me he vuelto un poco «anti», después de leer unos cuantos artículos como este, no me merece mucho respecto, además una amiga mía, con colón irritable, ha dejado de tomarlo y también ha mejorado una barbaridad.  Por otro lado, he encontrado un sinfín de alternativas en el herbolario: galletas y cereales de espelta, avena, pan de centeno, pasta de kamut (buenísima), vamos que, no me privo de nada.

En cuanto al ejercicio, tengo que hacerlo, voy poco a poco porque no tengo nada de tiempo pero en cuanto acabe el máster le daré caña y os dejaré alguna entrada con ejercicios fáciles para realizar en casa.

Por cierto, si tenéis problemas con la báscula y necesitáis motivación, ideas y ayuda, os aconsejo que echéis un vistado al blog de Mary, 1reflejoenelespejo.com, de 102 a 52 kg, una tía digna de admiración por su capacidad para cambiar su estilo de vida y optar por una opción más saludable.  En su blog podéis conocer su historia, cómo estableció nuevos hábitos, así como recetas alucinantes, seguro que os gusta tanto como a mi.

¿A vosotras os costó recuperar vuestro peso?, ¿cómo lleváis la batalla a la báscula?

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